En el salón de clases, la evaluación puede sentirse de dos maneras muy diferentes.
Cuando evaluamos para aprender, la evaluación ayuda al alumno a darse cuenta de cómo va, qué está haciendo bien y en qué puede mejorar. El error no se ve como algo malo, sino como una oportunidad para seguir aprendiendo. Aquí, el maestro orienta, escucha y retroalimenta.
En cambio, cuando evaluamos como control, la evaluación se usa solo para poner una calificación, comparar a los alumnos o “medir” quién sabe más. Esto suele generar nervios, miedo a equivocarse y poca reflexión sobre el proceso.
La diferencia está en la intención: si la evaluación ayuda a crecer, motiva y guía; pero si solo controla, limita. Por eso, evaluar debe servir primero para aprender y después para calificar.
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